jueves, 31 de octubre de 2013

La sombra del árbol.


Estabas acostada, durmiendo en algún lugar como una piedra al pie de un árbol enraizado a la orilla del riachuelo. La sombra del árbol cubría tu cara y en la desnudez de tus pies el sol brillaba.
Te grité, feliz por encontrarte, dos y tres veces pero no obtuve respuesta. Como pude, bajé de prisa por el paredón hasta entrar al riachuelo.
De repente, estabas frente a mí y preguntaste: ¿qué haces aquí? ¿Por qué no me avisaste de tu llegada? Entre mi alegría, mi timidez y mi nerviosismo, no supe que responder; me quedé mudo por un momento. Mientras salíamos del agua en dirección a la sombra del árbol, el silencio nos halagó con su compañía. Al fondo cantaba un gorrión y echamos un par de risas, te hice saber que previamente grité mientras dormías, para alertarte de mi presencia; frunciste el ceño y lo único que dijiste fue: calla tontuelo. Una sonrisa adornó tu rostro.

Solté una carcajada monumental. Si, una de esas carcajadas que se disfrutan tanto y provocan cerrar los ojos durante un par de segundos. Cuando los abrí nuevamente, sequé mis lágrimas y me percaté que nuestros pies ya no estaban húmedos, tampoco sucios. Ya no había hojas secas y la sombra del árbol se había ido. Las hojas secas se convirtieron en un rojizo adoquín, el riachuelo en asfalto, el compañero sol no era más que un tenue candil. ¿Y la sombra del árbol? La sombra del árbol se transformó en una sombrilla que protegía, del sereno de la noche, a una mesa con sus respectivas sillas. Y en efecto, el gorrión no cantó más. En su lugar, el mesero nos deleitó con el clásico: ¿desea ordenar algo para beber? Dos tazas de té, por favor, respondiste.


Continuamos conversando. Te confesé uno que otro de mis secretos; entre ellos, que dentro de mí llevo encapsulado un sentir que abarca algo más que amistad por ti. Tímidamente sonreímos e inmediatamente  bebimos un trago de té. Me cuestionaste el hecho del porqué hasta ahora lo expresé y súbitamente comenzaste a decir cosas extrañas;  extrañas porque empezaste a hablar en otro idioma, parecía como si pronunciabas oraciones poderosas para combatir al demonio mismo. Pero igual seguimos riendo a la par: tú al escuchar la más mínima de mis tonterías y yo por no entender lo que decías.

Te paraste y, al comenzar a caminar, me pediste que contara hasta tres y te siguiera. Uno, dos y tres, me dije. Comencé a caminar y corriste. Corrí e inesperadamente emprendiste el vuelo. Y seguí corriendo mientras el mesero intentaba alcanzarme exigiendo el pago de la cuenta y para mi fortuna, también pude volar. Pero no sabía cómo hacer para alcanzarte. Afligido, te pedí que me esperaras pero lo único que conseguí por respuesta fue un esperanzador grito que decía: sabes donde encontrarme.

8 comentarios:

  1. Comparto el deseo de volar, debe ser liberador. Nunca me ha quedado claro porqué los humanos no volamos. Como que algo se an la evolución.
    El relato está pleno de simbolismos.

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    1. Así es, Tocayo. Eso de volar es uno de los tantos enigmas que nos rodean.
      Saludos.

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  2. Volar pero sin despegar los pies de la tierra, es lo que hacemos.


    Un abrazo

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    1. Subirnos a un ladrillo y no marearnos, es lo que nos falta. Jajaja.
      Un abrazo, Malque.

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  3. Me ha encantado, Carlos. Es como atravesar un sueño desde principio a fin. Y estoy segura que la va a encontrar. Felicitaciones!

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    1. Me halagan tus palabras, Bee. Mira que aquí la maestra en esto eres tú.
      Un abrazo de polo a polo.

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  4. Al menos volamos con la imaginación, muy buen post.
    Un abrazo para ti.
    mar

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    1. ¿Qué mejor que la imaginación? Bueno, quizá el hecho de soñar le lleve ventaja. Pero bueno, ambos son geniales.
      Va un abrazo de vuelta, Mar.

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