lunes, 13 de agosto de 2012

Veintiséis.


Hoy mientras me cepillaba los dientes escuché el tan esperado comienzo de la lluvia, di un gran suspiro, me observé frente al espejo y comenzaron a pasar por mi mente tantos momentos vividos. Algunos fueron risas, otros fueron lágrimas. En otros hubo esa seriedad que, no sé cómo pero, se convirtió en felicidad.
Las victorias, las derrotas. La impotencia de tener que aceptar que, reprimiendo mis sentimientos, otras personas son felices. Que te extraño, Cristina sin "H". Que para algunas personas soy importante, para otras pasé a ser un lindo recuerdo y, por mi necedad, ahora sólo soy un gran fastidio para otras cuantas. Las horas que dediqué a los excesos, la soledad. Se hizo presente la escena en que Cristina, con aquel enojo en su mirada que me recordó a mi mamá, me dijo: '¿Qué te duele? ¡Vives con un dolor constante que te lleva a los excesos!' En aquel momento respondí 'nada' por no seguir con el tema, aunque estoy seguro que ella imaginaba la verdadera respuesta.
De repente, sonreí. Sonreí al recordar las horas en familia contando las anécdotas de la infancia. Los castigos monumentales por mis vagancias. Las tareas hechas a prisa para poder salir a jugar con los amigos de la cuadra. Las discusiones por un par de canicas. Los trompos quebrados. Los concursos de yoyos en la tienda de la esquina. Las travesías en bicicleta. Las veces que íbamos a las huertas a cortar mangos, sandías, melones y salíamos huyendo a toda velocidad porque el vigilante había soltado a los perros.
Con el paso de los años, la forma de divertirme cambió. Inolvidable mi etapa de músico empírico; tantos conciertos quizá carentes de calidad pero llenos de conciencia y corazón. ¡Grande El Último Andador!
Reafirmé amistades e hice otras nuevas. Gladys, ¿recuerdas que pasaba hasta casi un año sin vernos? Tantas pláticas, tu apoyo incondicional, los doscientos pesos que me prestaste hace tantos años. Las mordidas de Dominó (que en paz descanse). Ahora eres toda una señora y casi mamá.
Inesperadamente tuve antojo de "Locoflackes" y me imaginé señalando la luna mientras le decía a Cristina: 'sonríe, la luna te sonríe'.
Enjuagué mi boca con un poco de agua y, a pesar de que no me gusta celebrar, me dije: ¡Feliz cumpleaños, Carlos! Tomé las llaves y me fui a trabajar.